Pececito de Ciudad

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domingo, 1 de diciembre de 2013

El comienzo

En altamar, la tempranera mañana era fría, brumosa y presagiaba problemas para realizar las actividades previstas al aire libre. Sólo, absorto y mirando al horizonte, no me percaté de que D aparecía por la escotilla, hasta que escuché "¡¡Buenos días!!"; la miré y, señalando al cielo, respondí "¿tú crees?"; ella poniendo su mano en mi hombro contestó "¡¡Sí!!, los buenos días los hacemos nosotros", y yo... sonreí.
Ya por la noche, la guardia de 04:00 a 08:00 estaba resultando bastante incómoda. La temperatura había bajado notablemente, lloviznaba y nos envolvía una humedad persistente que calaba profundamente hasta los huesos. Sin duda, era una noche de guardia desapacible en la que, a diferencia de otras, reconfortaba hacer la ronda bajo cubierta para absorber algo del calor de los durmientes. En una de esas rondas, ya casi al amanecer, me acerqué hasta la biblioteca y encendí la luz. Me fijé en la pizarra que los chicos de la redacción habían casi llenado con sus esquemas y notas, observé en ella un pequeño hueco, escribí y ... firmé. 



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